La Perla de la Unión. Un Simbolismo Universal.

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La "PERLA DE LA UNIÓN". Si todos aunáramos Creencia, en un Ser Único, sabiéndonos parte de Él mismo, la vida cambiaría.

Mi obra Maestra. Ven, dame la mano, vamos a recordar quién eres...

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lunes, 9 de febrero de 2009

Una historia en París



Estoy en París.
Los agobios no existen en esta mañana fría de invierno.
Las calles medio vacías, yacen como alfombras absolutas, en un reino de asfalto humedecido.

¡Tengo una cita!. La cita del ayer, que hoy se hace realidad.

Dentro de muy poco tiempo nos reuniremos en el Café de la Paix, con unas compañeras de otro tiempo. De la Universidad.
Hemos elegido este Café, porque está en el centro de la Ciudad de la Luz, al lado de Ópera, y muy cerca de Lafayette.
Todas iremos acompañadas por nuestros maridos, compañeros sentimentales, amantes… Condición indispensable, no acudir solas, no vaya a ser que alguien piense que no hemos sido capaces de encauzar nuestras vidas por el camino trazado hace ya, unos años.
Me miro, y me contemplo. La verdad es que me siento muy bien conmigo misma, hasta me encuentro favorecida, aunque el frío intenso haya depositado una mota roja en la punta de mi nariz, y mis pómulos bramen con la helada.

Llegamos al lugar de la cita con unos minutos de retraso.

Veo que están cinco parejas, sentadas alrededor de una mesa. Se levantan al unísono y un ¡Qué bien! ¡Qué hermosa! ¡No pasan los años!, entre unas y otras... yo hago lo propio, mientras me peleo por quitarme el abrigo hasta que, solícito, acude un empleado para ayudarme.
Me siento. Mi Rafael, a mi lado. Le miro y veo que no mira, quiero decir que no me mira, porque está totalmente petrificado mirando a tanta belleza.
Yo, de reojo, comienzo a pensar que tal vez el botox, haya hecho el milagro. O la silicona, o vete tú a saber que producto hace que todas estén tan bien, y destilando ánimo y buen humor.
Entonces me paro a mirarlos a ellos, tan guapos, tan ¿altos?, eso… no lo he visto aún muy bien, porque aunque todos se levantaron, con el nerviosismo de la llegada, no reparé demasiado en las medidas.
Y sigo mirando y observo que casi no tienen barriga, y como una bruja de los cuentos malévolos, acuso a mi marido con una furtiva mirada, de no cuidar su aspecto.
Pasan los momentos y ya en el saloncito reservado para la ocasión, reina la camaradería. Y la “copichuela” de champagne.
Entonces veo los ojillos de mi Rafael, bailando al son de la música que suena de fondo, y comienza a hacer repaso una a una.

Dos besos, y ¡que belleza!, otros dos y ¡que bien te veo!
Y sigue y sigue… mientras yo, petrificada en la esquina, miro. Veo. Observo… y me lanzo al ruedo cuán torero en plena feria de Agosto.

Comienzo con el primero y eso sí, sin darle besos; le digo bien alto ¡Que guapo eres!, estás estupendamente, mejor aún que cuando babeabas detrás de mí.
Y sigo mi recorrido con halagos y flores en mis labios por y para todos y terminando con mi última presa, le susurro ¡Estás como un queso!, pero no de los de gruyere... ¡Un queso manchego, bien macizo!.

Sólo veo ojos y ojos, clavados en los míos, hartos ya de tanto halago ajeno por parte de quien me acompaña. Ese que ni siquiera se da cuenta de mi mota roja en la nariz, sin reparar en que llevo abrigo, y necesito pelearme con él, para poder desprendérmelo de encima, en mi llegada.

Me coge del brazo, y en un aparte me dice: ¿Te has vuelto loca? ¿Qué pensarán de ti?
Y yo le espeto: Tal vez me he vuelto loca. Pero tú, lo has estado siempre.
Y me doy la vuelta. Le pido mi abrigo a aquel hombre que me lo ha quitado, y me marcho.
Sin dar portazo.
Sin llevar mochila.
Sin decir adiós.