Dos labradores se afianzaban en sus siembras: Uno de ellos,
al ver volar las aves, cubrió sus cosechas con tierra, ocultándolos de su
presa.
El otro, absorto en la siembra, no reparó en las aves.
Al final de su riego, descubrió que todo estaba perdido al
mirar el riego de su siembra plagado de aves.
Entonces, sentados los labradores, entonaron cada uno su
lección:
El primero, absorto en cielo y tierra, profirió una sonora
carcajada diciendo que su fruto estaba protegido, mientras el segundo
sembrador, con lágrimas en los ojos, dijo:
“Yo, al estar presente en mi siembra no fui consciente de
quien se abalanzaba en lo sembrado, por ello, reniego de mí mismo ya que no
puedo llegar a mi hogar con las manos vacías, por mí desdén”
Y aquel que había protegido las semillas, sentado en el
tronco caído, pensó:
“Tengo alimento para el mañana, tengo sentimientos alegres
por haber conservado mi siembra, tengo regocijo ante mí por haber estado
alerta, pero aún así, poseo la incertidumbre sobre si la lluvia arrasará la
tierra, o que las aves corran raudas hacia mí fruto, una vez nacido”
Y ante las elucubraciones, el Cielo, mostrando su presencia,
se interpretó caricia y dijo:
“No importa el motivo y sí importa que uno de vosotros, no
tiene esperanza en ver brotar su fruto, ya que ha sido pasto de las aves.
Otro de vosotros estará esperanzado y el día en que nazcan
los brotes, se afanará en regarlas y más tarde surgirán los frutos y se
esperanzará en conservarlos y si un día, un ciclón lo arrasa todo, no le
quedará la desolación por no haber participado en que la semilla se hiciera
fruto”
Es por ello que mientras vivas encarnado como ser humano has
de tener claras estas premisas:
-“Mantente alerta y verás caminos”
-“Mantente alerta y varas las aves en el cielo, pendientes
de ese fruto”
Celia Álvarez Fresno 20-12-2020.
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